El 25 de Mayo no debe ser recordado sólo como una fecha escolar o una ceremonia de calendario. Es, ante todo, una pregunta moral que la historia nos dirige cada año. La Patria no es una abstracción lejana. No es “ellos”. La Patria somos nosotros: en lo que hacemos, en lo que callamos, en lo que defendemos y también en aquello que permitimos. Tal vez uno de nuestros males haya sido acostumbrarnos a hablar de “este país” como si la Argentina fuera una desgracia ajena y no una responsabilidad compartida. Más que ser, muchas veces quisimos parecer. Más que aprender, exhibir títulos. Más que construir, quejarnos de lo construido o de lo destruido. Y, sin embargo, cada 25 de Mayo nos devuelve una memoria luminosa: la escarapela en el pecho, el patio de la escuela, la bandera, el tambor, la voz de la directora pronunciando palabras que entonces parecían enormes y que hoy siguen siendo decisivas: Patria, libertad, pueblo, gobierno propio, bien común. Con el tiempo comprendemos que antes del 25 de Mayo también había Patria: en la tierra habitada, en las ciudades fundadas, en las instituciones defendidas, en la lengua compartida, en los hombres y mujeres anónimos que sostuvieron la vida común sin reclamar monumentos. El 25 de Mayo de 1810 no fue el nacimiento absoluto de la Patria. Fue el instante en que esa Patria profunda comenzó a reclamar su destino político. Fue el umbral de aquel 9 de Julio de 1816, cuando decidimos ser libres e independientes. Libres e independientes: dos palabras que entonces fueron juramento y que hoy, demasiadas veces, parecen una esperanza pendiente. Por eso el 25 de Mayo debe ser festejo, pero también examen. No basta con invocar la Patria: hay que merecerla. No basta con enarbolar la bandera: hay que honrarla con una conducta cotidiana más limpia, más responsable y más valiente. La libertad no es un adorno de los discursos. Es una carga sagrada. Exige verdad, sacrificio, justicia y grandeza. Mayo no terminó en 1810. Todavía nos mira. Todavía nos exige. Todavía espera que seamos dignos de la Patria que decimos amar. Mientras haya argentinos capaces de corregirse, de servir y de no rendirse, seguirán enhiestos, como una bandera sobre el alma, los dos nombres sagrados que nos convocan desde el fondo de la historia: la Patria y la Libertad.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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